Autor: Danilo Pérez Zumbado.
Hablando de Centroamérica hoy, dice Torres Rivas (Le Monde diplomatique, 08-2010) que “un Estado débil puede ser resultado de una doble causa: o no existe una ciudadanía extensa y participativa o el Estado reprime la vida democrática e inhibe ese tipo de ciudadano”. Asevera que “la pobreza produce ciudadanos mal informados y con bajo interés político”; ciudadanía que “fomenta un poder clientelista, patrimonial, con tendencia al populismo, al abuso de los derechos humanos y todos los males propios del atraso”.
Hablamos de ciudadanía, es decir, de cada uno de nosotros (as); de quienes en la cotidianidad compartimos espacios sociales, culturales, laborales, etc., en posiciones distintas que pueden ir de la solidaridad al enfrentamiento. Y es en este “aquí y ahora” que construimos, junto a miles y cientos de miles, lo que podemos calificar con palabras suntuosas los “procesos sociales”. Cierto que la influencia varía según la clase social, la etnia, el género, etc., y que tal poder puede ser determinante; sin embargo conviene recordar que todos y todas contribuimos a las realizaciones de la vida en sociedad. Por tanto, es imperativo ético reconocer, aplicar y defender esta facultad personal de decisión e intervención social.
La participación es diversa: concurrimos a elecciones, colaboramos con la feria del barrio o de la iglesia, somos miembros de una familia y, cuando tenemos una conciencia mayor de nuestro poder personal, pertenecemos a una organización social, firmamos un documento de protesta, apoyamos una movilización social o participamos activamente en un partido político. Sin embargo, esta participación no siempre es transparente y refleja con claridad nuestras reflexiones y posiciones particulares. Por el contrario, nuestra participación, como es el caso de las masivas incorporaciones de la ciudadanía a los procesos electorales, no siempre está en función de intereses sociales solidarios sino, más bien, responde (sin que esto se muestre claramente) a intereses personalistas o de grupos económicos que se arrogan una representatividad ficticia. Así entonces, es fácil caer en el clientelismo y la manipulación electorera.
El clientelismo y la manipulación política pueden explicarse por el carácter de las políticas del Estado, las condiciones materiales (pobreza, inequidad social) y las tradiciones políticas y culturales. Y a nivel local estas condiciones son fácilmente detectables, no es difícil ver el manejo de los asuntos municipales, por el Alcalde de turno, prometiendo “cielo y tierra”, movilizando recursos públicos para atender de última hora algunas necesidades y generando campañas de divulgación y negocios a su favor. Aquí es cuando procede cuestionar no sólo el papel de estos irresponsables y manipuladores, sino preguntarse por el papel que cumplimos como electores. Podemos asumir, al aceptar estas manipulaciones, el rol de soportes de la corrupción y la desvergüenza política o, por el contrario, convertir nuestro voto en un arma para sanear el sufragio y dar oportunidad a personas que han demostrado su entereza y autonomía o a fuerzas políticas nuevas que enfrentan con dignidad el clientelismo, el burocratismo y la manipulación de las conciencias. De esta manera podemos contribuir y evitar lo que Torres Riva no describe al inicio de estas palabras.